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22 Oct

Miedo a la comunicación

No puede ser casualidad. En las últimas semanas, varias personas me han comentado el “miedo” de sus empresas a implantar estrategias de comunicación sosteniendo que les iba “bien” como estaban y que el hecho de “abrirse” –es decir, de comunicar- suponía un riesgo que no sabían si era necesario asumir. Todos reconocían querer hacer “algo” de comunicación, pero sin saber muy bien para qué y con muchos recelos sobre qué les supondría esta exposición pública. A ello les sumaban el temor, parece que bastante generalizado, a los periodistas, las redes sociales, Internet y, en general, casi todo aquello que suene a salir de nuestra zona de confort para aventurarnos en territorios desconocidos. Y la comunicación corporativa mayoritariamente lo es.

 

Lo cierto es que estos argumentos podrían ser válidos si el hecho de que nuestra empresa no esté en Internet, o  en redes sociales, o en medios de comunicación, o en foros públicos, dependiera sólo de nosotros. Quizás, hace no más de 4 ó 5 años, pudiera ser que sí pues la estructura de los medios tradicionales permitía no tener más exposición que la que uno quisiera. De hecho, a veces no quedaba más remedio que pagar grandes cantidades por aparecer en ellos. Ahora, es justo lo contrario. Queramos o no, nuestros clientes ya están ahí y opinan de nuestros servicios y productos. Se  habla de nosotros aunque no lo fomentemos, lo que enlaza con el título de este artículo. ¿Miedo a comunicar? Quizás lo que debamos hacer es definir qué entendemos por comunicación empresarial y qué queremos de ella.

Con frecuencia se cita el caso de una conocida empresa de supermercados que, al contrario de su competencia, no realiza campañas de publicidad en los medios de comunicación de masas ni tiene excesiva presencia pública a base de notas y rueda de prensa. ¿Eso significa que no tenga una estrategia de comunicación? ¿Que no comunique? ¿Qué no tenga un plan de gestión de crisis, significa que pueda haber un problema con sus productos? Evidentemente, no. Lo que sucede es que ha analizado sus objetivos y ha fijado una estrategia que consiste en reducir su exposición pública tradicional y ampliar el peso de otras acciones de refuerzo de la marca que no pasan por lo que hace sólo unos años se consideraba ‘comunicación’, básicamente pagar por salir en los mediospublicidad- o generar noticias con el mismo objetivo –prensa-.     

El universo 2.0 ha roto con ese escenario y ahora cualquier ciudadano es un medio de comunicación con un alcance  potencialmente planetario para sus opiniones. Tener o no tener una estrategia para afrontarlo ya no es una opción.  Y el punto de partida sólo puede ser uno: analizar nuestros objetivos y, en función de ello, diseñar una estrategia. Esa es la clave. ¿No queremos estar todo el día en los medios? Bien. Con este objetivo, construiremos una estrategia de comunicación. ¿Queremos estar todo el día en los medios? Bien. Construiremos otra. ¿Queremos actuar sólo si tenemos una crisis de reputación? Pues también vale. Lo que es imprescindible es saber qué es lo que queremos. Y, una vez que lo hacemos, los temores (y también algún perjuicio) deben desaparecer.

Porque todo comunica. Incluso nuestro silencio. O nuestros miedos. 

 

Rosa Llacer

Docente en el Master Dirección de Comunicación

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