Cuando el periodismo duele

Cuando el periodismo duele

El conductor se lo piensa. Viene de arremeter contra la multitud, en zigzag, ha ido a por todos, el radiador respira sangre. Parece que se va a detener. Los polícias se colocan entre la mole y un ejército de personas que se agolpan a ambos lados de la carretera. No hay más sitio entre el asfalto y el mirador que da a un barranco de varios metros que terminan en la playa. Se abrazan. Los policías están delante. Desenfundan. Quitan el seguro de las pistolas. Miran lo que tienen detrás. Dejan un hueco entre ellos por si el loco que viene de atropellar a cientos de personas vuelve a arrancar. Y arranca. Disparan, tratan de marcar un camino. El camión viene de llevarse por delante a 80 víctimas, le da igual de todo. El tipo que lo graba en el móvil se esconde tras una pared ante el zigzagueo de las balas. El camión sigue.


Es una de las muchas imágenes que vienen de youtube. Los medios eligen esa y no otra para contar lo que ha pasado. Las redes están llenas de imágenes de víctimas ensangrentadas, de restos sobre la carretera cortada al tráfico que se ha convertido en una carnicería. Pero se decide sobre la marcha no regalar propaganda al terrorismo. No ceder un centímetro. Duele el alma tener que hacerlo, pero es el momento de coger el micrófono y la cámara. De seguir contándolo. Es el momento de buscar las reacciones y las historias de los que acaban de irse.

Duele retransmitir el mensaje del Primer Ministro que tiene que suspender la fiesta nacional y pedir banderas a media asta. De los alcaldes, que conocían a las víctimas con nombres y apellidos. Duele el policía que ha abatido al terrorista, porque este héroe no volverá a dormir por las noches. Duele la comunidad musulmana que repudia estas atrocidades. Duelen los terroristas. Duelen los demagogos que aprovechan la cuestión para filtrar xenofobia.

Pero hay que trabajar. Contrastar, dar todas las informaciones. Todos los mensajes para que el ciudadano elija, decida, forme una opinión democrática más allá del dolor. Por la noche, en directo, contando las víctimas y los primeros datos. Por la mañana, ofreciendo las primeras conclusiones policiales y el traslado de los cuerpos. Al mediodía, ofreciendo las reacciones. Por la noche, con los altares de los vecinos ante las capillas ardientes, las lágrimas de los familiares, las historias personales de cada una de las 80 víctimas que fueron a ver fuegos artificiales hasta que el terror acabó con sus vidas.

Es incuantificable la cantidad de impactos en medios que se habrá producido, pero probablemente, unos 5000 se habrán hecho eco de la noticia en todo el mundo. Tampoco se puede medir la cantidad de imágenes emitidas y no emitidas. Pero el periodista estará allí, a pie de calle, en la noticia.

Puede que el periodista en televisión sea uno de los últimos que tenga la posibilidad de vivir las cosas en primera persona. En época de redes sociales, de móviles de última generación, en esta edad de la tecnología en la que se cierran periódicos a golpe de influencers, elaborar un discurso serio y profesional sobre lo que sucede, sobre lo que está pasando, contar una historia en tiempo real, es no sólo un privilegio, sino una necesidad. Da igual que sean unas elecciones, unos Juegos Olímpicos o una historia mucho más pequeña, aunque no menos universal.  Ofrecer un storytelling lo llaman en publicidad, pero no es más que encarnar un drama, acercar una realidad al resto del mundo, ofrecer los datos que provocan las reflexiones. Y enseñar imágenes. Las que duelen, las que nos dan esperanzas, las que nos hacen mejores y las que forman nuestra opinión como ciudadanos libres.

Francisco Roales

Director académico del Máster en Periodismo de Televisión

 

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